Son las 9 de la mañana y, mientras Amelia patea una y otra vez, yo escribo estas líneas llena de ansiedad.
Tengo 34 semanas, lo que quiere decir que entre 3 a 6 semanas nacerá esta pioja. ¡Lo único que quiero es que salga de una vez por todas! Ya casi no puedo dormir, caminar, respirar o sentarme derecha. Sé que son cosas normales del embarazo, pero, mierda, molesta e irrita. xD
Estuve cuatro días hospitalizada por una infección que corría riesgo de pasar a los riñones, gracias a Dios todo quedó en nada. Claro, sigo tomando antibióticos, pero ya no hay peligro ni para mí ni para mi piojita.
Tengo el coche y hoy vamos a buscar la cuna. El viernes tengo control médico nuevamente y creo que ahí me dirán si es parto normal o cesárea; espero que sea normal, porque la casa es de dos pisos y estar con puntos subiendo y bajando las escaleras no me hará bien.
Pablo no llegó taaaaaan mal como creía que llegaría después de dos semanas de "hacer lo que quería" en la casa de su madre. Porque para ella no hay nada más sencillo que dejar al niño todo el puto día frente al computador y desligarse de él. Aunque claro, le metieron en la cabeza la idea de que viajará en septiembre de nuevo, cosa que es falsa porque Pablo no tiene vacaciones en esa fecha...
Me da pena ver cómo Pablo se da cuenta de las cosas. Ayer conversé con él y cuando le dije que él no tenía vacaciones en septiembre y que su mamá lo sabía porque había vivido cuatro años acá, su respuesta fue: "¿Me mintió de nuevo?" Tiene seis años y ya vive con una decepción a cuestas. Por un lado me agrada que abra los ojos y se de cuenta de las cosas, pero por otro lado siento que es muy pequeño para llorar por esas cosas y sentir que lo han defraudado.
Siento que a esa clase de mujeres no hay que llamárlas madres, no se lo merecen y al parecer Pablo, también lo cree así porque ahora la llama por su nombre y es a mí a quien le dice "mami".
¿Cómo cambian las cosas, no?